
En medio de la multitud de peregrinos que llegaron desde distintos puntos del país para venerar a Jesús Nazareno en Atalaya, el ambiente de fe, promesas cumplidas y oración intensa marcó la celebración del Primer Domingo de Cuaresma, este 22 de febrero.
Es en ese ambiente y bajo el sol, Mons. Pedro Hernández, Obispo del Vicariato Apostólico del Darién, compartió una profunda reflexión sobre el sentido de la conversión personal y social, al presidir la solemne eucaristía con motivo de la festividad de Jesús Nazareno en Atalaya.
Al iniciar su homilía, monseñor Hernández expresó su alegría por los cien años de creación del Vicariato Apostólico del Darién, fundado el 29 de noviembre de 1925 y confiado a los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Recordó que, a lo largo de un siglo, distintos obispos han servido en esta Iglesia particular, procurando acompañar al Pueblo Santo de Dios en medio de una realidad compleja, como compleja es también la sociedad actual.

En el contexto de la peregrinación al Nazareno, el Obispo subrayó que quienes llegan a Atalaya no solo buscan cumplir una tradición, sino vivir una experiencia de gracia, reconciliación y espíritu de servicio. La vida, afirmó, es un reto constante, y Dios espera que sepamos construir una vida justa.
Inspirado en el mensaje del Papa León XIV para esta Cuaresma, Mons. Hernández insistió en la necesidad de una escucha atenta y comunitaria de la Palabra de Dios. Invitó también a practicar un “ayuno” de aquellas palabras y actitudes que hieren la dignidad humana, señalando que el chisme, la calumnia y los prejuicios destruyen comunidades enteras, especialmente en entornos pequeños donde el rumor corre con rapidez. Advirtió que esta tentación no afecta solo a los fieles, sino también a quienes ejercen responsabilidades dentro de la Iglesia.
Al reflexionar sobre el Evangelio de las tentaciones, explicó que hoy siguen presentes las mismas pruebas que enfrentó Jesús: el afán de poseerlo todo, el deseo de dominio sobre los demás y la ambición de poder. Estas actitudes, dijo, se reflejan en la vida social y política, debilitando la fe y favoreciendo la pasividad, permitiendo que otros decidan por nosotros.

En medio de la festividad que congrega a miles de panameños, el Obispo Hernández también miró la realidad nacional. Reconoció que Panamá es un país bendecido, libre de grandes desastres naturales, pero señaló que enfrenta desafíos creados por sus propias decisiones. Alertó sobre la pérdida progresiva de valores como el respeto, la fidelidad, la responsabilidad y la confianza, especialmente en el ámbito familiar, donde muchas veces los padres evitan que sus hijos asuman compromisos personales.
Con tono cercano y directo, llamó la atención sobre una cultura que posterga responsabilidades y prolonga la inmadurez, afectando la estabilidad del hogar y generando un círculo de permisividad que termina debilitando a toda la sociedad.
En este tiempo cuaresmal, invitó a los peregrinos a no dejar que la Palabra de Dios “se les caiga de la mano”, sino a vivirla con coherencia. Recordó que la verdadera conversión comienza por uno mismo. “Si yo no cambio, no puedo esperar que el mundo cambie”, expresó, animando a trabajar por una vida más auténtica, más firme en lo social, lo económico, lo político y lo religioso.
Finalmente, exhortó a no reaccionar con susceptibilidad ante las correcciones, sino a verlas como oportunidades de crecimiento y renovación. La Cuaresma, señaló, es un despertar que nos permite reconciliarnos con nosotros mismos para poder reconciliarnos con los demás.
Entre los concelebrantes estaban los obispos de la conferencia episcopal panameña, el Nuncio Apostólico, monseñor Dagoberto Campos Salas, el clero de la diócesis de Santiago y sacerdotes de otras Iglesias particulares del país.
Santiago de Veraguas, 22 de febrero de 2026.
