
Homilía – Primer Domingo de Cuaresma
Fiesta de Jesús Nazareno en Atalaya
Mons. Pedro Hernández – Obispo del Vicariato Apostólico del Darién
Domingo 22 de febrero de 2026
Buenos días, hermanas y hermanos:
En este Primer Domingo de Cuaresma quiero compartir con ustedes una alegría: el Vicariato Apostólico del Darién ha cumplido cien años de existencia. El 29 de noviembre de 1925 fue creado y confiado a la custodia de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, los misioneros claretianos. Durante estos cien años han servido distintos obispos; conmigo, somos seis, procurando llevar adelante un proyecto de formación en la evangelización, y también tratando de descubrir inquietudes, desafíos y proyectos que el Pueblo Santo de Dios ha ido proponiendo dentro de una evangelización compleja, como compleja es la realidad que hoy vivimos.
Cuando vienen personas de diferentes partes del país, y quizás también extranjeros, para compartir este momento de gracia, de ternura y de amor de parte de Dios Padre, venimos a vivir una experiencia de amor, de reconciliación y de espíritu de servicio junto al Nazareno. La vida siempre es un reto, y en ese reto Dios quiere que seamos capaces de construir una vida justa.
Como nos pide el Papa León XIV en el mensaje para esta Cuaresma, es importante la escucha atenta de la Palabra de Dios y también el ayuno de aquellas frases y expresiones que hieren, que destruyen la dignidad de la persona humana. Hay muchas maneras de destruir a los demás: el bochinche, el chisme, las calumnias, los prejuicios y tantas situaciones que se dan en nuestros pueblos. Por eso se dice: “pueblo chiquito, infierno grande”, porque cuanto más pequeño es un pueblo, el chisme corre más rápido. Y esto no es solo para la feligresía: también nos toca a nosotros, obispos, nuncios, sacerdotes y a todos los que tienen relación y comunicación directa, porque a veces, por desgracia, nos creemos lo que llega a nuestros oídos y queremos “arreglar el mundo” desde el rumor.
Pero, como bien nos dice el Papa, tenemos que aprender a estar siempre a la escucha de la Palabra de Dios: no una escucha pasiva, sino atenta y comunitaria, que nos abarque a todos y nos haga sentir involucrados en un proyecto de amor, transformación y esperanza.
Las tentaciones que hoy nos presenta la liturgia, junto con el mensaje del Génesis sobre la creación del hombre hecho del polvo, nos recuerdan que el ser humano, creado para administrar y cuidar la tierra, a veces “se la cree” y pretende dominar incluso a Dios. Allí aparecen las tentaciones que van marcando la vida.
Está la tentación del pan: querer tenerlo todo, participar de todo, acumular, y terminar dándole a las cosas una dimensión de “dios”, perdiendo el sentido del proyecto creador de Dios. Está la tentación del dominio: cuando el demonio lleva a Jesús a lo alto del templo, aparece esa capacidad humana de querer estar por encima de los demás, de pisar sobre los hombros de otros, sintiéndonos superiores. Y está la tentación del poder político: cuando el diablo lo lleva a una montaña alta, surge la idea de creernos dueños de los demás, de manipularlos y manejarlos como nos da la gana.
En esa realidad vivimos: por un lado, solidez en la fe; por otro, pasividad, dejando que otros hagan con nuestra vida lo que les da la gana, pisoteándonos y destruyéndonos como personas.
Panamá es un país agraciado ante los ojos de Dios: aquí no hay huracanes, ni ciclones, ni terremotos. Vivimos, en ese sentido, una vida bastante tranquila. Sin embargo, cuando miramos nuestra situación como panameños —una realidad compleja que nosotros mismos hemos ido creando— nos damos cuenta de que atentamos contra Dios porque nunca estamos contentos, hasta que las cosas nos fallan y nos venimos a pique. Eso termina siendo una destrucción de la persona humana.
Nuestro pueblo podría estar mejor: tenemos una diversidad cultural grande, y una atención especial hacia los extranjeros que con facilidad vienen a habitar acá y se constituyen en ciudadanos panameños. Pero también llegan influencias de distintos lugares, del Caribe y de otros pueblos, que van diversificando modalidades del pecado: un pecado que destruye el corazón y nos hace ver lo frágiles que somos, cómo nos dejamos llevar por cualquier corriente. Como una avalancha, terminamos siguiendo un camino de perdición: pérdida de valores, pérdida de civismo y, sobre todo, pérdida de una moralidad auténtica.
Y con esto vamos descubriendo que se han ido perdiendo valores que desde la infancia nos transmitieron nuestros antepasados: comunión, respeto, fidelidad, autenticidad y confianza entre nosotros. ¿Qué ha pasado? La nueva infancia, la nueva adolescencia, la nueva juventud muchas veces no quieren asumir responsabilidades. Vamos siendo “eternos jóvenes” a los cuarenta o cuarenta y cinco años, sin asumir lo que nos toca, y queremos que papá y mamá —ya mayores, con más de sesenta— carguen con lo que nosotros no hemos querido vivir ni asumir.
Eso toca las fibras del hogar y nos impide sentirnos un hogar unido, fraterno y confiado, dispuesto a dar la cara por los demás. Hoy por hoy escuchamos: “tú lo hiciste, tú te comprometes, tú verás cómo arreglas la situación”, pero al final el papá y la mamá —muchas veces por permisividad— terminan asumiendo, y caemos en un círculo vicioso: todos somos responsables de la irresponsabilidad, de la miseria y del abandono que se van instalando en nuestra vida.
El Señor hoy nos pone en una actitud de escucha atenta de la Palabra de Dios: que no se nos caiga de la mano, que estemos siempre disponibles para asimilarla, vivirla, respetarla y confiar en lo que esta Palabra quiere decirnos. Y esa Palabra nos impulsa a convocarnos unos a otros para ser testigos del amor de Dios ante todos los hombres y mujeres de esta tierra.
Nosotros, como panameños, al llegar aquí a esta tierra de Dios, peregrinando, queremos asumir un compromiso. Pero que sea un compromiso verdadero, auténtico, que nos ayude a desprendernos de aquello que confesamos una y otra vez, pero en lo que volvemos a caer, muchas veces porque no hemos podido perdonarnos ni a nosotros mismos. ¿Cómo voy a perdonar a mi hermano o a mi hermana que me falla, si yo mismo no me sé perdonar? ¿Cómo voy a vivir auténticamente con deseo de ser mejor cada día, si ni siquiera conmigo soy capaz de reconciliarme?
Hoy el Señor nos invita a descubrir el sentido y el valor de la confianza que Él nos da: luchar y trabajar por construir una vida mejor, y estar dispuestos a que el mundo cambie empezando por mí. Si yo no cambio, no puedo esperar que el mundo cambie. Y en la medida en que cambio de verdad, veo que el mundo cambia porque lo miro diferente. Tal vez el mundo siga siendo el mismo, pero mi conversión hace que la realidad se presente de otra manera, y me pone en disposición de luchar por el cambio que necesitamos: una vida más auténtica, más fiel y más firme en lo social, en lo económico, en lo político y en lo religioso. Porque, lamentablemente, en la vida cristiana todavía hay mucho que seguir viviendo y esperando de nosotros mismos para poder proyectarlo a los demás.
No seamos sensibleros cuando nos llaman la atención. Aceptemos que fallamos y que tenemos que cambiar. Cuando alguien nos llama la atención para un cambio, no lo vivamos como un regaño o como un “te pasaste de la raya”, sino como un despertar: una oportunidad para descubrir qué tengo que cambiar y cómo debo renovarme, para que vivamos la comunión, la fraternidad y la unidad entre nosotros.
Que el Señor los bendiga a todos.
